La “pacificación” de un pueblo indefenso

Comunicaciones ANIDE

“Los niños viven con mucho temor”, afirma Hugo Marillán Millavil, presbítero de la Iglesia Metodistade Chile y encargado de la Pastoral Indígena de Chile del Consejo Latinoamericano de Iglesias,  CLAI. Por su origen mapuche y su labor, el pastor Marillán conoce y siente la situación que vive su pueblo, sus familias y sus hijos. Desarrolla su tarea evangélica desde Angol y cubre una zona donde se focalizan muchas de las más agudas expresiones del conflicto entre el Estado y el pueblo mapuche. El más reciente allanamiento sufrido por la comunidad Wente Winkul Mapu motivó su reflexión que se hizo pública a través de los redes sociales:

“Nuevamente  tengo que expresar mi dolor e impotencia ante tanta injusticia hacia los jóvenes de niños, mujeres y ancianos de nuestro pueblo; nuevamente se hace evidente que  la guerra de la “pacificación”,  sigue siendo el método cruel y despiadado que está utilizando el Estado chileno para beneficiar a unos pocos que se hicieron  millonarios a costa de la riquezas robadas al territorio mapuche, la ñuque mapu.  Utilizando  las fuerzas represivas  disparan  y violentan a un pueblo indefenso, al que no le queda más que luchar por  recuperar su territorio, para con dignidad seguir viviendo”.

– De acuerdo a su experiencia como pastor evangélico, ¿cómo percibe usted la situación que viven en esta zona las comunidades mapuche?

Bueno, digamos que las comunidades mapuche de esta zona están viviendo una situación especialmente difícil. Yo vengo de una comuna de Cautín, Nueva Imperial, y observo que la gran diferencia es que la problemática social mapuche acá se agudiza por la escasez de tierra y por las condiciones de la tierra, la calidad de la tierra, la calidad del medio ambiente. El mapuche, las familias mapuche, se esfuerzan por mejorar sus perspectivas de vida, que están conectadas con el tema de las tierras, y eso no lo han podido resolver. Yo llevo varios años trabajando acá y estoy muy  vinculado con el tema, estoy permanentemente compartiendo con  las comunidades, siempre muy cerca del testimonio de ellos, conozco a las familias, a varios jóvenes que están detenidos y al saber que yo soy pastor ellos se abren a contar su realidad, el sentido de su lucha y comparto con ellos el sueño de una vida más digna vinculada a la tierra.

– ¿Dentro de este conflicto, cómo observa la vida de la niñez y de los jóvenes?

Es parte de la misma situación. Los niños viven con mucho temor. Lo que ellos experimentan es una realidad muy distinta a la que viven los niños en otras comunidades o en la ciudad. Ellos se sienten violentados. Aquí hay una situación compleja, que se manifiesta en la relación con la fuerza pública, que llega en cualquier momento y siempre con mucha violencia, como sucedió el otro día en la comunidad Wente Winkul Mapu. Esto está ocurriendo permanentemente, desde hace años,  no es algo que ocurrió ocasionalmente, no es algo especial, y los niños de alguna forma ya sienten que es así la vida, la han incorporado a su forma de vida también.

– ¿Significa esto que los niños y los jóvenes han aprendido a vivir en la violencia como forma de vida? ¿Qué va a pasar cuando sean mayores?

Lamentablemente, la violencia ejercida directamente hacia ellos  por la fuerza pública va dejando huellas, no solo físicas sino también sicológicas, que probablemente para muchos  se van a traducir en un temor permanente y para otros  serán sentimientos de ira  y odio que  van marcando conductas de vida. Son situaciones  que también se vemos repetidas  en los barrios marginales de las grandes ciudades, donde la exclusión, violencia, discriminación, van acrecentando una subcultura  que daña  profundamente  las expectativas de vida, de justicia y paz de  nuestros pueblos. No queremos esto para las nuevas generaciones de  nuestro pueblo ya marcada  por la discriminación y la falta de oportunidades.

– Usted habla del silencio de la sociedad y del silencio de las iglesias cristianas frente a la situación que está viviendo el pueblo mapuche.

Yo formo parte de la Pastoral Indígena  del Consejo Latinoamericanos de Iglesias Evangélicas y a partir de eso hemos podido decir  algunas cosas, dar luces de lo que se vive acá, pero sin embargo esto no es suficiente porque se necesita una acción más permanente y acá no hay una permanente acción pastoral, de acompañamiento espiritual sobre todo para los jóvenes y para los niños, que viven una realidad tan difícil, para apoyar a las mujeres en sus problemas, no hay una acción desde una perspectiva espiritual ni social. Yo pertenezco a una iglesia que históricamente ha estado preocupada del tema de los derechos humanos,  pero lamentablemente la situación mapuche no ha recibido una atención similar a la que la iglesias católica y evangélica desarrollaron en otras situaciones difíciles que ha vivido Chile en tiempos recientes. Esa mirada que las iglesias tuvieron para un conflicto social no ha sido la misma en este caso, ni ha sido el mismo compromiso que hubo en esos momentos difíciles en Chile con los problemas que hoy se viven en la zona mapuche. Desde las iglesias católica y evangélica no hay una incidencia, no hay un acompañamiento del proceso mapuche y eso a mí me consta, porque yo en varias asambleas de la Iglesia Metodistahe hecho notar esta situación y es difícil motivar a la gente en torno a este tema.

– ¿A qué atribuye usted esta especie de indolencia de la sociedad y de las instituciones sociales respecto del conflicto mapuche?

Creo que es por la imposibilidad que siente la gente de cambiar la cosas y porque para la sociedad en general, con la llegada de la democracia, de los gobiernos dela Concertación,  como que supuestamente se solucionaron o se iban a solucionar todos los problemas. Pero no es lo que ocurrió con los mapuche, que sufrieron la dictadura y que con la democracia han seguido sufriendo la represión, y eso no ha cambiado.  Estadísticamente el 35 por ciento de la población mapuche es evangélica y yo, que estoy trabajando en la pastoral mapuche, permanentemente me encuentro  con familias que viven la fe desde el conflicto y eso es algo doloroso.

– ¿Cómo observa la lucha del mapuche evangélico por sus territorios?

Unos de los espacios recurrentes para poder enfrentar  o sobrellevar  las problemáticas  sociales  de marginalidad ha sido  el recogimiento espiritual. En este contexto  las  iglesias evangélicas  se han transformado en contenedoras  de dolores  por la injusticia vivida. Sin embargo, las nuevas generaciones   se han visto impulsadas  a  avanzar  por  una búsqueda de mejores condiciones  de vida sumándose  a la lucha por territorio. Muchos de esos jóvenes  también sufren el juicio de  líderes religiosos que  no ven  o no les importa  que sus hermanos  estén en esta condición de vida. De ahí se vive un conflicto doloroso de su fe. Por ello se hace  trascendente  y urgente una mayor  presencia  solidaria, defensora de los derechos  indígenas,  respetuosa de la cultura, cosmovisión, espiritualidad, territorio, del pueblo mapuche.

 Y lo otro que destaco como algo doloroso es lo difícil que resulta poder acompañar a las comunidades en sus problemas, la imposibilidad de obtener un respaldo, un acompañamiento para poder sacar una declaración. Yo permanentemente voy a la cárcel, a acompañar a las familias en sus visitas a los detenidos, a intentar acompañar en lo espiritual a la gente en sus dolores, pero se necesita más y no hay ayuda suficiente. Es necesario el apoyo de más gente, una mayor cercanía al conflicto. De repente estamos viendo la realidad por la televisión y cuando una situación aparece por la televisión entonces sí nos llega, pero la realidad es permanente y muchas veces es amarga y dolorosa.  Entonces mi llamado es a que se pueda conocer la realidad de nuestras comunidades, la verdadera situación en que viven los mapuche, las razones de sus luchas.

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