“Las nuevas generaciones ven el Estado como el personaje de una película de terror”

Comunicaciones ANIDE

Kindernothilfe es una agencia de cooperación cristiana nacida en Alemania en 1959 con el propósito de mejorar las condiciones de vida de la niñez de comunidades pobres. Hoy desarrolla programas que favorecen a cerca de 800 mil niñas, niños y jóvenes en 30 países de África, Asia, Latinoamérica y Europa Oriental. Jürgen Schübelin, desde 1999 Director de KNH para América Latina y el Caribe, es un profundo conocedor de la infancia en este continente y sigue con particular interés y preocupación la situación de vida de la niñez mapuche en Chile.

Desde Alemania, de regreso de Guatemala, Jürgen Schübelin comenta que en ese país centroamericano reconoció situaciones similares a las que se observan en las comunidades mapuche del sur de Chile. “Estuvimos dos semanas visitando comunidades indígenas y nos llamó mucho la atención encontrarnos con lo que habíamos conocido ya desde Chile, ver niñas y niños que han sido testigos de actos de represión brutal contra sus padres, compañeros, amigos…”.

-Retrocediendo en la historia de KNH, ¿cómo ha evolucionado su tarea de defensa de derechos de la niñez que realiza en diversos países?

– KNH siempre ha estado comprometido con la defensa de los derechos del niño. Al principio este compromiso no se manifestaba con el mismo vocabulario que usamos hoy, como enfoque de derechos, pero la idea estuvo siempre presente. Desde hace 15 años ya no hablamos tanto de carencias o de ser víctimas de sufrimiento, sino de una mirada desde la perspectiva de derechos. Nuestra labor tiene que estar en exigir la restitución de derechos y de defender derechos, en fortalecer a las comunidades en su tarea con los niños como sujetos de derecho. En términos geográficos, en nuestros primeros años de trabajo fue importante apoyar las luchas en la India, cuando el sistema de castas discriminaba a los niños, y en Sudáfrica, por el apartheid y las discriminaciones y la persecución racial. Trabajando en Alemania y viviendo de modo consciente con la historia de una sociedad alemana que hace apenas 70 años permitió, bajo el manto del discurso racista y social-darwinista, crímenes de lesa humanidad nunca vistos antes en la historia del mundo, las y los que nacimos muchos años después del periodo nacionalsocialista también tenemos que desarrollar una responsabilidad y sensibilidad muy coherentes frente a todo tipo de abusos por motivos étnicos y raciales”.

-¿Cuándo y cómo se hace necesaria la labor de KNH en América Latina?                 

– Estamos trabajando en América Latina desde 1971, cuando se vivían los tiempos oscuros del terrorismo de Estado en Brasil, Argentina y Chile, con gravísimas violaciones a los derechos humanos de las personas adultas y de los niños. KNH intentaba responder a la defensa de los derechos de la infancia afectada por esos regímenes políticos. Es una tarea de 42 años que hoy realizamos en nueve países del continente; cooperamos con 213 proyectos y estimamos que con ellos alcanzamos a más de 72 mil niños y niñas en América Latina y el Caribe.

– ¿Por qué la preocupación que manifiesta por la situación de niños y niñas de comunidades indígenas en América Latina?

– Trabajando en las comunidades indígenas uno reconoce y recuerda lo que fue la situación del apartheid en Namibia, en Sudáfrica, en Rodesia. La situación de discriminación, de racismo más o menos abierta en la relación con las sociedades criollas, la destrucción de su medio ambiente. Son problemas parecidos los que sufren los indígenas en Chile, en Brasil con los problemas medioambientales que enfrentan las comunidades en la Amazonía y  los que enfrentan con sus luchas actuales las comunidades indígenas en Guatemala o en Perú. La situación de los pueblos originarios es un constante reto y una preocupación permanente. KNH elabora planes nacionales para orientar su labor en diferentes países y en todos ellos aparece el tema indígena como materia de preocupación.

– ¿Tienen hoy cabida en el interés de la sociedad alemana los temas de derechos humanos en Latinoamérica?

– Aquí en Alemania es muy difícil llegar con estos temas a los medios de comunicación. En lo que respecta a Chile, existe una creciente ignorancia de la situación de derechos humanos; la gente cree que en 1990 se recuperó la democracia y desde entonces ya está todo bien. Sólo la movilización de los alumnos de escuelas y colegios en 2007 y las reivindicaciones y protestas estudiantiles del 2011 han encontrado algunos espacios en los medios de comunicación, pero muy poca gente está consciente de lo que está pasando en el sur de Chile con el tema de los abusos a los derechos del pueblo mapuche, de sus niños y jóvenes. En los años oscuros en Chile hubo un interés extraordinario en Alemania por este país, pero ahora no queda casi nada de eso. Debemos entonces hacer conciencia de lo que ocurre y decir que Chile no es el caso fantástico que nos han querido vender, de la exitosa transición de un gobierno militar hacia la democracia perfecta, de la fantástica experiencia de resolver todos los problemas a través del mercado. Es un reto constante de KNH luchar contra esa mirada superficial; tenemos que decirle a la gente que mire debajo de la alfombra, que no quite la mirada de las violaciones de los derechos humanos que ocurren con mucha frecuencia.

– Eso es también una realidad a nivel local.

– Nosotros estamos muy conscientes de que los problemas para llegar al público alemán son similares para las organizaciones sociales en Chile, Argentina, Brasil, Guatemala, Honduras, Perú, porque en las sociedades se repite la misma actitud de querer creer que estamos en democracia después de los años oscuros, de no querer escuchar a los activistas en derechos humanos y considerarlos como pájaros de mal agüero porque llegan con malas noticias, con asuntos no deseables. Hay temas actuales y del pasado que no agradan y que la sociedad intenta ignorar u olvidar. Por ejemplo, en Chile se oculta lo que ocurrió en el pasado con los mapuche y la historia lo aborda a través del eufemismo de “la Pacificación de la Araucanía”, pero no reconoce que hubo una guerra y un proceso de aculturación a la fuerza, que hubo masacres y brutal represión, un proceso de robo y despojo, de reducción de personas y comunidades a pequeños terruños donde tienen muy pocas posibilidades de sobrevivir. Uno se da cuenta de que es difícil para las organizaciones sociales trabajar en la defensa de las comunidades mapuche y de sus niños y niñas, porque además ha sido muy exitoso el discurso de calificar de terroristas a los que luchan por defender sus derechos. Difundir esto es una labor muy importante, pero sabemos muy bien que los medios oficiales y comerciales no dejan espacios para dar a conocer esta realidad.

– En las nuevas generaciones se percibe inquietud por el papel que el sistema les asigna dentro de la sociedad. A su juicio, ¿existen hoy las vías para que se manifiesten y se relacionen con el Estado?

– Los que vemos hoy es que los niños y jóvenes mapuches perciben al Estado como un actor represor y a sus autoridades y agentes como personajes de películas de terror. Para la niñez mapuche, por ejemplo, el rostro del Estado es el de la represión, del GOPE, de Carabineros armados hasta los dientes, de los disparos, de los allanamientos, de los interrogatorios brutales y de los juicios grotescos en que a niños, niñas y jóvenes se les aplican legislaciones que no corresponden, como lo ha documentado ANIDE. Entonces nos preguntamos cómo una sociedad puede permitirse que una generación crezca percibiendo el Estado solamente como actor represivo. Al pensar en Chile nos asusta la impotencia de las víctimas por los efectos sicológicos y sociológicos desastrosos que esa relación conlleva. Lo mismo ocurre con esa represión exagerada contra el movimiento estudiantil, como si Estado no tuviera otro lenguaje para relacionarse con sus jóvenes que no sea el lenguaje de los apaleos, de los gases. Nos asusta la incapacidad de las autoridades públicas para enfrentar los problemas históricos y para entender la aspiración de un pueblo a poder vivir su vida, su cultura, su cosmovisión. Esta falta de capacidad de diálogo, esta falta tan dolorosa de creatividad para tener propuestas que van más allá del lenguaje bélico y de haberse quedado con la pobre mentalidad de un Hernán Trizano, tipo siglo XIX, desautoriza cada acción del Estado. Mientras el Estado no aprenda a resolver los conflictos sin represión y sin trasgredir los instrumentos de Derecho Internacional que la propia República de Chile ha ratificado solemnemente ante Naciones Unidas, no hay solución. Lo que se requiere son actitudes diferentes. El nivel de conflictividad apaga todo intento de diálogo. Esta pérdida de la capacidad de dialogar desanima y sorprende. Por eso es un deber hablar del Estado como agresor y como violador inaceptable.

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